Una persona es, por naturaleza, egoísta. Desafortunadamente, esta palabra tiene una connotación negativa, cuando la intención es usarla de manera meramente descriptiva. Existe en inglés un término más apropiado para describir este concepto: self-centered (centrado en sí mismo). En otras palabras, enfrentados a elecciones, tendemos a elegir lo que nos beneficia, a nosotros o al grupo cercano de personas a los que consideramos parte nuestra. El bienestar de estas personas está íntimamente ligado al nuestro, de tal forma que buscar cualquier mejora en su estado es, en definitiva, un acto de egoísmo.
Como seres humanos, buscamos en ocasiones superar nuestra naturaleza, ir más allá de estos instintos “egoístas”, y hacer sacrificios individuales a favor de “los otros” (aquellos que no forman parte del círculo de personas que determinan nuestro bienestar). Pero considerar el bienestar del otro, reconocer su existencia y su valor, no es natural en las personas: debe ser inducido, debe provenir desde el exterior, debe enseñarse.
¿Cómo enseñar a superar la preocupación por el interés propio? ¿Cómo enseñar a reconocer que más allá de uno mismo y los suyos, existen “los otros”? ¿Cómo enseñar qué la búsqueda del interés individual debe acabar en la frontera con los intereses de otros? ¿Cómo enseñar “límites”?
En el pasado, en una sociedad basada en valores como la ética del trabajo y el ahorro, de una “vida digna” basada en valores, y del respeto indiscutido a ciertas reglas (disciplina), los límites se establecían desde afuera: la familia, la escuela, la sociedad en general decían “esto sí, esto no”, y los individuos, temerosos, intentaban adecuarse, no desencajar, no ganarse la reprobación de una sociedad bastante estructurada y homogénea.
Pero en la sociedad actual, una donde predomina la estética del consumo, la búsqueda constante de una “buena vida” basada más en placeres que en valores, y donde las cuantiosas redes sociales en que uno puede participar relativizan las “verdades” del pasado, convirtiéndolas en “una opinión más”, tan válida como la de cualquier otro, intentar imponer límites “porque es así”, “porque yo digo”, es una tarea infructuosa y anacrónica.
Es necesario generar un nuevo mecanismo que dé fundamentos a las reglas, que genere argumentos intrínsecos que tengan una mejor oportunidad de ser aceptados por los individuos.
Existe una teoría que establece que resistimos el cambio. Nos resulta incómodo cuestionar cada situación en busca de nuevas respuestas. Por eso actuamos de manera repetitiva, utilizando respuestas del pasado para resolver repetidamente ciertas situaciones, hasta que los fundamentos de esa forma de actuar se presentan ante nosotros como débiles, injustificados o errados, y recién entonces aceptamos que es hora de buscar un nuevo mecanismo para resolver tal o cual situación. En otras palabras, cada situación nueva nos lleva a plantear una solución, y esa forma de actuar pasa a ser parte de nuestras “creencias”, las cuales intentaremos mantener y utilizar en tantas situaciones como nos sea posible, hasta que surjan fallas tan notorias que nos obliguen a replantearlas. Por ejemplo, elegimos un supermercado por su ubicación, precios o variedad de productos, y nos hacemos el hábito de comprar ahí. Si llega un nuevo supermercado a la ciudad, en principio no le prestaríamos tanta atención. Pero si numerosas señales, como la recomendación de amigos o publicidades tentadoras, nos hacen dudar de nuestra elección actual, recién entonces nos dedicaremos a la “molesta tarea de considerar cambiar de super”.
Según esta teoría, somos “argumentadores”, es decir, está en nuestra naturaleza encontrar razones para las cosas que hacemos, y aferrarnos a ellas. Usaremos estas razones para justificarnos ante nosotros mismos, y por lo tanto ante los demás. ¿Pero qué pasa si este mecanismo que nos gobierna no funciona adecuadamente? ¿Qué pasa si no aprendimos a buscar las respuestas de la manera correcta? ¿Qué pasa si los argumentos que construimos son poco sólidos, poco razonables?
En este tiempo de relativización de verdades, de debate y apertura a todo tipo de opiniones, imponer exógenamente un límite resulta muy complejo. Cada individuo cuestiona todo lo que proviene del exterior, y lo incorpora según sus propios parámetros. En ese contexto, educar a los individuos en este proceso de incorporación, enseñarles a formar argumentos sólidos, claros y razonables, darles razones para que ellos, a su vez, aprendan a darse y dar a otros buenos fundamentos de sus acciones, y a exigir a otros lo mismo, podría ser la mejor forma de enseñarles límites, en un contexto de autorregulación, de una verdadera autonomía.
En este proceso de justificación de las propias acciones, bien elaborado, debe enseñarse a incorporar en la ecuación a otros. ¿De qué forma influyen otros en tus decisiones? ¿De que forma el logro de tus objetivos requiere de otros? ¿Qué consecuencias pueden tener tus acciones sobre ellos? Pero ese es otro dilema…
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