Afuera, unos chicos jugaban a las escondidas. Era fácil ver al más chico detrás de las plantas, sentado comiéndose lo que le quedaba de un alfajor. Por lo visto, no entendía que el propósito del juego era esconderse en un lugar donde no pudieran encontrarte.
Igual no era muy probable que pudiera correr más rápido que los otros para “librarse”.
Empezaba a hacer frío, así que cerró la ventana, pensando con tristeza que ella tampoco podría correr para “librarse”.
Se acercó al espejo de su habitación y odió por milésima vez la imagen que le devolvía. Su rostro pálido, su cuerpo debilucho, sus piernas inmóviles, postradas en esa silla de ruedas.
Mañana iba a pedir que saquen ese espejo de su habitación. Ya no toleraba ver esa imagen constantemente, como recordándole burlonamente que nunca iba a poder ser igual que los otros chicos, nunca iba a poder correr más rápido que ellos.
Se despertó sobresaltada, sudando. Su primera reacción fue saltar de la cama, para probar que sus piernas le respondían, que solo había sido una pesadilla.
El sol ya entraba por su ventana, iluminando toda la habitación. La ventana entreabierta dejaba entrar una brisa fresca, con olor al pasto recién cortado... Molesta por el ruido, cerró la ventana y encendió la tele. En algún canal debían estar dando algo interesante.
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