De chico me enseñaron a mirar al mástil, seguir con la mirada atenta y respetuosa el recorrido de nuestra bandera mientras se eleva y cantarle, con sentimiento, para saludarla y prometerle que la voy a defender cada día.
Me lo enseñaron a mí, se lo enseñaron a mis compañeros, y nosotros intentamos enseñárselo a ustedes: respeten la bandera, valórenla, cántenle para saludarla… pero ¿se puede enseñar a sentir algo verdadero por ella? ¿Se puede enseñar a quererla?
Yo quiero a mi familia. Ellos representan mi pasado, mi presente y mi futuro. Son el recuerdo del café con leche en la casa de mi abuela, de los fines de semana en el club con mi tía, de los viajes con mi mamá y mi primo… pero también son la seguridad de la compañía y el apoyo cada vez que lo necesite, la diversión y el afecto que me rodean cada día y, por sobre todo, la promesa de que nunca voy a estar solo.
Yo quiero a mi cultura y mis tradiciones: me gusta aprender cómo ocurrieron las cosas que nos convirtieron en lo que somos, disfruto cómo festejamos nuestras fechas importantes, y por sobre todo, aprecio que siempre haya una puerta abierta cuando la necesite.
Yo quiero a mi ciudad, mi provincia y mi país. Tuve la suerte de vivir en muchos lugares, de comparar y aprender, y eso me enseñó a valorar muchas de las cosas que me rodean, y a disfrutar lo bueno que tiene cada una. Pero por sobre todo, aprendí que en ningún lugar encajamos tan bien cómo aquel del que venimos, en el que nos formamos y aprendimos las cosas básicas que nos hacen lo que somos.
Cuando saludo a la bandera, cuando la veo elevarse en el mástil, pienso en todas estas cosas. Uno solo lucha por lo que cree, y defiende lo que ama. Mi hogar, mi familia, nuestra forma de vida y las cosas en las que creemos: ahí está mi bandera, y a ella dedico mi vida.
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